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María Eugenia

Despierta, sensible, espontáneamente orientada hacia los demás, María-Eugenia brindó pródigamente su amistad ; en primer lugar a los suyos y muy especialmente a su tío y confidente De Franchessin, a las primeras hermanas de la Asunción incluso antes de vivir juntas, y más tarde a cada una de sus hijas.

Sus ideas abiertas, su extensa cultura, la vincularon sólidamente a eruditos, a hombres de Iglesia, a políticos enormemente comprometidos con la renovación del siglo XIX. Con ellos, se entusiasmó a favor del porvenir. No era indiferente a las personas y los demás tampoco quedaban indiferentes hacia ella ; abría su espíritu y su corazón, y su gran capacidad de influencia estaba llena de encanto.

Su personalidad suscitaba esa amistad que ella también necesitaba. No tuvo miedo de ella. Ante esta calidez de relaciones ella no se mostró en modo alguno estrecha ni timorata sino que la gran pasión por Cristo iluminaba todo y la dejaba a la vez libre y profundamente vibrante, tierna en sus expresiones, delicada en sus gestos y en sus muestras de afecto.

01/12/2000
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